jueves, 23 de junio de 2016



Imagínense el sonido que producen los gruesos labios de un señor orondo al sorber un espagueti infinito. Retengan en sus mentes ese detalle.

Ahora, piensen en una enorme babosa, con forma circular, rodando por todas partes y dejando tras de sí una pegajosa e incómoda baba.

Esos últimos somos nosotros. Ojos. Miles de ojos. Rodando por el suelo de una gigantesca caverna húmeda y oscura.

Cada día, la caverna se ilumina con un breve fogonazo y pare una ciclópea criatura de extensos miembros, cuerpo deslucido y ante todo, desproporcionado. Un brazo es demasiado largo comparado con su compañero. El torso, inmenso. Las piernas, macarrones en hilera, miran preocupadas hacia arriba y se preguntan cuánto tiempo podrán mantener en pie todo ese peso. Pero, si algo preocupa a esas piernas y asombra a todo el que mire, es la cabeza. Se trata de una cabeza grande. Muy grande. Tan enorme que parece que cubra todo el techo de la caverna. Y es amorfa, repleta de socavones y profundas arrugas, desniveles, colinas y terraplenes. En un gran valle se asientan dos de nosotros: dos ojos que se mueven de un lado a otro, nerviosos en sus cuencas, sabedores de que el final se acerca. ¿La mirada? Las hay de muchos tipos, tantas como ojos hay en la caverna. Generalmente son miradas ávidas. Las hay aterrorizadas, frenéticas, agobiadas, perturbadas, ambiciosas, esperanzadas, cautivas. Eso al principio, porque al final suelen terminar reflejando una tristeza infinita. La geografía facial de nuestra criatura concluye abruptamente en una fisura congelada en una mueca nostálgica. Cada día, este inmenso ser aparece en la caverna, se saca los ojos (¿recuerdan la metáfora del principio? ¿La del señor rollizo sorbiendo espaguetis? Así es exactamente como suena el proceso de extracción), los abandona en una esquina y sus largos dedos tantean el suelo como gusanillos ebrios en busca de dos de nosotros. No tiene que esperar mucho: somos un buen montón. Una vez seleccionada, la espantada pareja es incrustada en el valle reseco del inhóspito paraje.


Así todos los días. La misma rutina. Eso es lo que me han contado porque yo soy de los que se encuentra al final, y con tanta oscuridad y tanto ojo delante no hay quien vea nada.


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