martes, 25 de octubre de 2016

LA NOCHE
<<La huida no parece tan complicada desde esta posición. Ahora que todos duermen, solo tengo que acercarme hasta la cancela, descorrer el pestillo y echar a correr>>
Lo único huido esa noche son sus ojos. Y su alma.
El pequeño rincón del patio blanquísimo siempre ha supuesto un refugio para Carlos. Lejos de un mundo que no le pertenece. Lejos de una vida que no es la suya. Ellos no lo entienden. Carlos desea sentirse acunado por las fragancias de las exuberantes flores que decoran su rincón. Su amado patio. Las losas blancas salpicadas de bellas cenefas dibujan trazos imposibles, retorcidos, elegantes y armoniosos. Los dedos de Carlos recorren durante horas esas formas; adora perderse en el grácil baile que le dedican; él sabe verlo.
El patio huele a lluvia. <<Gracias>>
Carlos odia el mundo “grande”, el mundo de las convenciones, ese mundo frenético que jamás interrumpe su atareado ir y venir para saborear el sol. Para el Gran Mundo, los fines solo son fines si arrastran tras de sí un reguero de lágrimas, ira y parches en el alma. La esencia está ahí delante, en una cenefa que baila para ti. A Carlos se le escapa una sonrisilla divertida.
–Necios.
Sus padres quieren que estudie. “Cosas importantes”, exclaman con la boca atiborrada de autoridad y la mirada altiva. “…hombre de provecho…siempre tirado en el patio…tienes que encontrar tu camino”. Repiten las mismas consignas como un maldito ave maría. No pueden entender que Carlos ya lo ha encontrado. Se desvía del camino abarrotado de la gente estúpida y sin alma para proseguir por un sendero ligero, medio vacío, impregnado de vivas texturas y olores sensuales. Es el camino de los locos, de los desheredados de la Vida.
La noche comienza a zambullir el patio, pero Carlos hace rato que está preparado. Las familiares voces surgen de las ventanas. Una a una se van apagando: voces y ventanas. Es el momento: Carlos avanza hacia la cancela, tantea el pestillo conocido y, con dedos expertos, abre la puerta. Un paso, dos…tres y Carlos es libre. Conoce los rebordes del camino sinuoso, el seto que crece a ambos lados le sirve de guía. La oscuridad es absoluta. Tenebrosa, incólume, pegajosa oscuridad. Quizá para otros. Carlos ve con manos y oídos. Sus pasos  se tornan cada vez más seguros: la libertad los guía. De repente, una sensación lo invade: un júbilo que no sabe expresar con palabras porque no es de este mundo. Un gozo que atraviesa y domina el cuerpo. Carlos comienza a bailar. Danza y brinca como sus cenefas. Ríe como la lluvia. Corre y corre, libre al fin del Gran Mundo, de sus padres…de la vida.
Carlos no ha ido nunca más allá del camino que recorre su casa. No conoce la carretera que comienza al final. Su agitado baile le ha embotado los sentidos. No ve, no puede ver, el borrón que se acerca a gran velocidad.
Una oscuridad, una que no conoce, lo invade.

La noche ha caído sobre Carlos. 


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