El
capitalismo, muy en su línea, está endeudado hasta las cejas con Edward
Bernays, mucho es lo que le debe, y sin embargo su nombre se ha perdido en la
noche de los tiempos. Me pregunto si
nuestro amigo Bernays se pararía en algún momento a reflexionar sobre las
apoteósicas consecuencias de sus “brillantes” estudios. Pues sí, Edward, desde
la entrada de la mujer en el escenario consumista, hasta la comprensión actual
del mundo en todos sus órdenes en términos comerciales, tu legado palpita
feroz, vital, y se perpetúa como forma de entender la vida.
El siglo del yo,
la época del egoísmo exacerbado parte precisamente de ese cambio brutal de
paradigma de la mano de Bernays: de la necesidad al deseo. Tan sencillo por
fuera, tan complejo por dentro. Demos la bienvenida al sujeto dionisiaco. Un
sujeto preocupado por sus necesidades, enajenado por sus deseos, empujado
irremediablemente hacia el consumo para encontrar su lugar en el mundo. Desde
tu nacimiento, pequeño Dionisos, serás el blanco de un constante y pertinaz
torpedeo de mensajes que van a construir todo tu imaginario a base de deseos
insatisfechos. El escenario en el que te moverás será un enorme escaparate de bienes
de consumo. Tú mismo conformarás un producto mercantil: te preocuparás por
erigir una vida con el fin de venderla con éxito en el mercado. Y, si llega el
sombrío día en el que, de pronto, te preguntas quién eres, tu respuesta no será
“soy un hombre que piensa, siente y ama”, sino que responderás como un
producto: “soy médico”, “soy padre, tío, hermana…”.
Decía
Fromm que al hombre “todo lo que le preocupa surge de su egoísmo y responde a
la pregunta: ¿Cómo puedo progresar? ¿Cómo puedo ganar más? o ¿Cómo puedo estar
en mejores condiciones físicas? Pero no: ¿Qué es bueno para mí como hombre?
¿Qué es bueno para nosotros como polis?” No es culpa tuya, Dionisos. Quizá solo
en parte. El sistema está milimétricamente elaborado para perpetuar la lógica
consumista, para que formes parte de ella y construyas tu identidad en base al
vaivén mercantil. Sin embargo, este sistema basado en deseos continuamente
insatisfechos te conduce, antes o después, a un terreno yermo, alejado de las
provocativas luces y el ruido frenético, y, de pronto, por un instante,
contemplas con claridad meridiana la apatía y vacuidad de tu mundo.

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