LA NOCHE
<<La
huida no parece tan complicada desde esta posición. Ahora que todos duermen,
solo tengo que acercarme hasta la cancela, descorrer el pestillo y echar a
correr>>
Lo
único huido esa noche son sus ojos. Y su alma.
El
pequeño rincón del patio blanquísimo siempre ha supuesto un refugio para
Carlos. Lejos de un mundo que no le pertenece. Lejos de una vida que no es la
suya. Ellos no lo entienden. Carlos desea sentirse acunado por las fragancias
de las exuberantes flores que decoran su rincón. Su amado patio. Las losas
blancas salpicadas de bellas cenefas dibujan trazos imposibles, retorcidos,
elegantes y armoniosos. Los dedos de Carlos recorren durante horas esas formas;
adora perderse en el grácil baile que le dedican; él sabe verlo.
El
patio huele a lluvia. <<Gracias>>
Carlos
odia el mundo “grande”, el mundo de las convenciones, ese mundo frenético que
jamás interrumpe su atareado ir y venir para saborear el sol. Para el Gran
Mundo, los fines solo son fines si arrastran tras de sí un reguero de lágrimas,
ira y parches en el alma. La esencia está ahí delante, en una cenefa que baila
para ti. A Carlos se le escapa una sonrisilla divertida.
–Necios.
Sus
padres quieren que estudie. “Cosas importantes”, exclaman con la boca
atiborrada de autoridad y la mirada altiva. “…hombre de provecho…siempre tirado
en el patio…tienes que encontrar tu camino”. Repiten las mismas consignas como
un maldito ave maría. No pueden entender que Carlos ya lo ha encontrado. Se
desvía del camino abarrotado de la gente estúpida y sin alma para proseguir por
un sendero ligero, medio vacío, impregnado de vivas texturas y olores
sensuales. Es el camino de los locos, de los desheredados de la Vida.
La
noche comienza a zambullir el patio, pero Carlos hace rato que está preparado.
Las familiares voces surgen de las ventanas. Una a una se van apagando: voces y
ventanas. Es el momento: Carlos avanza hacia la cancela, tantea el pestillo
conocido y, con dedos expertos, abre la puerta. Un paso, dos…tres y Carlos es
libre. Conoce los rebordes del camino sinuoso, el seto que crece a ambos lados
le sirve de guía. La oscuridad es absoluta. Tenebrosa, incólume, pegajosa
oscuridad. Quizá para otros. Carlos ve con manos y oídos. Sus pasos se tornan cada vez más seguros: la libertad
los guía. De repente, una sensación lo invade: un júbilo que no sabe expresar
con palabras porque no es de este mundo. Un gozo que atraviesa y domina el
cuerpo. Carlos comienza a bailar. Danza y brinca como sus cenefas. Ríe como la
lluvia. Corre y corre, libre al fin del Gran Mundo, de sus padres…de la vida.
Carlos
no ha ido nunca más allá del camino que recorre su casa. No conoce la carretera
que comienza al final. Su agitado baile le ha embotado los sentidos. No ve, no
puede ver, el borrón que se acerca a gran velocidad.
Una
oscuridad, una que no conoce, lo invade.
La
noche ha caído sobre Carlos.
